03/10
Sustituiremos
la queja por la
responsabilidad

Somos la generación de arquitectos

que ha sufrido la resaca de una gran fiesta de derroche y sobreproducción. Hemos construido nuestro sueño profesional sobre las promesas de una época dorada y hemos acumulado una montaña de expectativas sobre el legado de las glorias pasadas.  

Durante nuestra formación aprendimos a soñar alto y grande. Hicimos de nuestro papel de arquitecto un estandarte y nos identificamos con un rol atemporal, diluyendo nuestra personalidad en el negro y los discursos elevados. Soñamos que seríamos el siguiente Mies, que seríamos los directores de una gran obra memorable; soñamos que si nos dejábamos la piel algo mágico ocurriría. Sí, aprendimos a soñar. Y cuando salimos a la calle nuestro sueño nos explotó en la cara 🍾.


Por suerte, esta experiencia

empieza a dejar de ser un tabú entre nosotros. Cada vez compartimos más abiertamente sobre cómo nos sentimos cuando terminamos de estudiar y nos encontramos con la salvaje realidad del mercado. Un sentimiento de frustración tan brutal, tan confuso y doloroso... una sensación de inutilidad hacia la sociedad, el pensamiento de que “no nos comprenden”, la cada vez más real sospecha de que no podremos vivir de eso que tanto hemos amado y por lo que tanto nos hemos sacrificado: la arquitectura. Estas líneas forman parte de mi propia historia, y si algo quiero trasladarte con este principio es la certeza de que no estás sol@ en el relato de tu propia experiencia. 

La realidad que estoy describiendo es una realidad compartida por la gran mayoría de compañeros con los que a diario estoy en contacto: arquitectos de todas las edades y nacionalidades, con diferentes backgrounds y experiencias, grandes talentos, magníficos profesionales, que no han podido hacer de su profesión un medio de vida libre, estable y próspero. 


Cuando compartimos una experiencia dolorosa

lo que suele unirnos es la queja. En parte es entendible porque nos une una sensación de “estafa” con respecto a los que nos formaron como arquitectos. Algo así como:

“no firmé para esto”
“no fue esto lo que me contaron durante la carrera”
“no fue por esto por lo que me hice arquitecto”

Y lo cierto es que la queja es uno de los mejores pegamentos sociales porque nos apoyamos unos en otros para echar balones fuera 🎾 La queja nos alivia porque gracias a la queja... no nos tenemos que responsabilizar. 

No quiero quitar peso a lo que nos ha ocurrido: creo sinceramente que hemos sido engañados por los organismos académicos, de forma activa o pasiva, de forma consciente o inconsciente. Nos han enseñado que un título y una vocación son suficientes para lograr trabajar dignamente, y aún hoy perpetúan el mismo engaño sin escuchar las demandas reales del mercado ni considerar las consecuencias que tendrán los futuros arquitectos. 

Pero, si bien nosotros no somos parte del problema, sí somos parte de la solución. 👉 Y si lo que hacemos es quejarnos, entonces somos igual parte del problema, porque cuando nos quejamos estamos poniendo la responsabilidad en manos del problema. Y lo cierto es que nadie vendrá a salvarnos... 


Cuando un arquitecto se queja

de su situación profesional, está perdiendo su libertad para cambiarla. Cuando decimos:

“la culpa es del mercado”
“la culpa es de la universidad”
“la culpa es del sistema”


perdemos. Siempre.

Queja = Esclavitud. 

Durante mucho tiempo yo misma estuve atrapada en ese discurso improductivo, hasta que me di cuenta de que esa queja estaba contribuyendo a esa misma realidad de la que me quejaba. Es un círculo peligroso en el que ningún arquitecto debería caer.  

Es cierto que durante nuestra formación no nos enseñaron cómo funciona realmente nuestra profesión, ni nos enseñaron cómo conseguir ni tratar con clientes, ni cómo llevar un encargo, ni cómo poner precio a nuestra labor, ni cómo hacer de la arquitectura un medio de vida que cubriese nuestras necesidades... Es cierto que las instituciones tampoco nos lo han puesto fácil, que la normativa es rocambolesca y que entorpece todos los procesos, que la liberalización de honorarios no nos ha ayudado a salir de la precariedad y que el nivel de competitividad es desolador. Es cierto todo eso, pero también es cierto que esperar a que el mundo cambie es un sinsentido. 

La verdad, amigo arquitecto, es que es mucho más fácil que cambiemos nosotros. Esta es nuestra responsabilidad ✌️.


Cuando un arquitecto se responsabiliza

entra en acción para cambiar su situación profesional. Busca, reflexiona, pide ayuda, emprende. Se hace cargo de su libertad. El arquitecto que toma esta responsabilidad se hace un gran favor a sí mismo y al mundo porque deja de retroalimentar la queja y la negatividad. El arquitecto que sustituye la queja por la responsabilidad se hace dueño de su carrera. No espera a que los demás cambien, a que la universidad cambie, a que el mercado, a que el sistema cambie. Cambia él / ella.

Responsabilidad = libertad. 

Cuando renunciamos a la queja estamos siendo parte de la solución. Somos conscientes de que el camino hasta llegar aquí no ha sido fácil, pero agradecemos todas esas dificultades porque gracias a ellas nos hacemos conscientes de dónde estamos y qué es lo que hoy queremos en realidad. Una señal inequívoca de responsabilidad es que sentimos agradecimiento por todos aquellos profesores, jefes, clientes, sueldos precarios, noches interminables, proyectos tortuosos... que nos lo pusieron difícil. Porque gracias a ellos hoy somos conscientes y tenemos el valor de decir “no quiero más”.  

Cuando un arquitecto se responsabiliza está dando el mejor ejemplo a otros compañeros que también lo están pasando mal: es un motivo de esperanza, un ejemplo de que se puede cambiar. Ha llegado el momento de dejarnos inspirar por aquellos profesionales que se responsabilizan e inspirar nosotros con nuestra responsabilidad. 

La responsabilidad, igual que la queja, se contagia. Durante mucho tiempo hemos vivido atrapados en la queja, poniendo nuestro bienestar en manos de otros.

Es el momento de iniciar una nueva pandemia: la pandemia de la responsabilidad 🌱.

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